Lorenzo Peña y Gonzalo

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Hoy me considero, antes que nada, un jurista, un hombre dedicado al Derecho. Por esa autoidentificación profesional y vocacional estoy afiliado al Ilustre Colegio de Abogados de Madrid, sin haber ejercido nunca el noble oficio de letrado; lo cual no me impide sentir satisfacción cuando me describen como "un abogado".

El Derecho al que me consagro en cuerpo y alma es la Nomología filosófica, el estudio académico del espíritu y del fundamento de los sistemas normativos como instituciones funcionalmente destinadas a promover y salvaguardar el bien común.

Tal dedicación guarda un estrecha afinidad con la filosofía política republicana que trato de desarrollar y que he expuesto en mi libro ESTUDIOS REPUBLICANOS, 2009.

La filosofía jurídica y política sólo empezó a ser el foco de mis estudios a mediados de los años noventa. Antes me había consagrado a la lógica matemática, la metafísica, la filosofía del lenguaje y, marginalmente, la historia de la filosofía, materias que enseñé en mi desempeño como profesor en la Universidad Pontificia del Ecuador y, posteriormente, en la de León, hasta que en 1987 accedí a la plaza de Investigador Científico en el CSIC.

Cabe subsumir lo producido en aquel período de mi vida (1973-95 aproximadamente) bajo el rótulo de "la ontofántica", un neologismo que acuñé para significar la indagación del ser desde su aparecer en el lenguaje.

El hilo conductor que va de mi precedente temática lógico-metafísica a la actual nomológico-jurídica es la lógica: una lógica contradictorial y gradualista sobre la cual he desarrollado una nueva lógica de las normas, la lógica jurisprudencial (también denominada `lógica juridicial' o `lógica nomológica').

lunes, mayo 05, 2008

EL DOS DE MAYO EN MOSTOLES

Visión borbónica del Dos de Mayo
por Lorenzo Peña
2008-05-05

El rey, nuestro señor que Dios guarde, D. Juan Carlos de Borbón y Borbón, ha pronunciado un discurso en los festejos conmemorativos del Dos de Mayo en Móstoles.

Su abuelo, D. Alfonso de Borbón y Habsburgo-Lorena, desfiló a pie por las calles de la villa de Madrid el Dos de Mayo de 1908 al frente de una inmensa multitud, en manifestación masiva de homenaje a los héroes populares de la gesta patriótica. Cien años después, en lugar de un acto político de muchedumbres, lo que se ha producido es un acto institucional en el municipio de Móstoles, con participación del Jefe del estado, el del gobierno y el de la oposición, junto con toda la real familia. Las masas populares madrileñas han quedado marginadas.

El discurso de Su Majestad Católica es revelador de la mirada que, doscientos años después, tienen nuestras clases rectoras de la lucha de liberación nacional del pueblo español contra el imperialismo francés en 1808-1814. (Mi impresión es que siguen en posiciones parecidas a las que tenían sus antepasados seis generaciones atrás.)

En el discurso regio es significativo lo que está dicho, pero también lo que está omitido y silenciado. P.ej., Francia sólo viene mencionada una vez en esta frase un tanto opaca: «como nos recuerda Stendhal, España ofreció de pronto un espectáculo semejante al de Francia, cuando se llenó de gente que deliberaba sobre los peligros de la patria». Me temo que pocos de los allí presentes han leído a Stendhal, resultándoles así enigmática esa frase.

Por lo demás no se dice que el brutal y despiadado agresor que intentó esclavizar a España y contra el que se levantó en armas el pueblo español era justamente Francia, el imperialismo francés.

Sin embargo, los conocedores de la historia lo pueden colegir de una afirmación del soberano: «El vacío de poder y la invasión de las tropas de Bonaparte impulsaron a los españoles a manifestarse por primera vez, no como súbditos, sino como integrantes y portavoces de una realidad enraizada en la Historia, y como legítimos poseedores de la soberanía nacional».

De tal aserto (más un cierto conocimiento de la historia) se puede deducir que fue Francia la que nos invadió, porque las tropas de Bonaparte (así de discretamente referidas) eran las de Su Majestad Imperial, el emperador de los franceses y rey de Italia.

Lo que no se dice en el citado aserto es que los españoles no se limitaron a manifestarse. Tampoco es verdad que el Dos de Mayo de 1808 se manifestaran como poseedores de la soberanía nacional ni como nada. Lo que hicieron fue otra cosa: alzarse en armas contra el invasor. Ni como titulares de la soberanía ni como nada. Simplemente se levantaron; lucharon con las armas en la mano contra la opresión, en un acto de justa insurrección.

Que lo que se inició el Dos de Mayo de 1808 fue una lucha armada insurreccional apenas se deduce de una frase contenida en el discurso, la que dice: «Andrés Torrejón [...] supo asumir y definir [...] el significado de aquel levantamiento». Por esa alusión podemos saber que hubo un levantamiento, que, en otra alusión asimismo discreta, el discurso glosa como un «armarse para luchar contra los invasores ante las noticias recibidas de lo ocurrido en Madrid».

¿Qué había ocurrido en Madrid? Eso no se dice. No se mencionan ni la insurrección popular ni su sanguinario aplastamiento, perpetrado por los invasores, desde luego, pero con el visto bueno de Su Alteza Serenísima, el Infante D. Antonio, hermano del bisbisabuelo de D. Juan Carlos.

Con todo respeto me permito discrepar de la explicación que figura en el párrafo citado, a saber que lo que impulsó a los españoles a manifestarse fue, junto con la invasión francesa, el vacío de poder. No había ningún vacío de poder. Al irse a Bayona Fernando VII para rendir pleitesía a su amo, el emperador Napoleón I, dejó instalada una Junta de Gobierno, presidida --como ya lo he dicho-- por S.A. Serenísima el Infante D. Antonio de Borbón y Sajonia-Coburgo. Esa junta, auxiliada por el consejo de Castilla, actuaba a las órdenes de S.A. Imperial y Real, el Gran Duque de Berg (Joaquín Murat), el hombre que mandaba las tropas napoleónicas en Madrid. El poder lo tenían sólidamente aferrado y ejercido, entre la Junta de D. Antonio y el detentador efectivo, el general Murat.

Evidentemente Su Majestad desea mantenerse neutral entre las diversas lecturas de nuestra guerra de liberación nacional: ni a favor de unos ni de otros: «En este día, creo importante destacar lo que para el conjunto de España, por encima de distintas y legítimas visiones, supuso el periodo histórico que arranca en el año de 1808».

Todo el discurso incide en ese mismo enfoque neutral y no-comprometido: es una efemérides muy importante, una página de la historia que se recuerda porque condujo a la Constitución de 1812 (no se menciona la actitud del rey Fernando de Borbón y Borbón con relación a la misma y a quienes lucharon por ella) y abrió un «extenso ciclo histórico» del que forman parte «los procesos de la emancipación americana» (tampoco se menciona que los caudillos que lanzaron esos procesos lucharon contra esa constitución de 1812 y contra el gobierno liberal español, primero el de Cádiz, en 1809-1814, y luego el de Madrid en 1820-1823).

¡Da igual! En esas frases todo lo que se está diciendo es que pasaron muchas cosas que figuran en las páginas de la historia, que tienen diversas interpretaciones, sin que sea menester que el pronunciador del discurso se sume a ninguna de ellas. Eso sí, se mencionan algunos de los valores por los que se luchó a ambos lados del Atlántico (aunque, insisto, se desconoce que en esa lucha los unos combatían contra los otros): «soberanía nacional, derechos y libertades individuales, separación de poderes, y nueva articulación constitucional del Estado».

Sin embargo vuelvo al Dos de Mayo de 1808. El Dos de Mayo de 1808 el pueblo de Madrid no luchó más que contra la opresión y el sojuzgamiento del invasor francés. Ni siquiera por algo abstracto como soberanía nacional; menos aún por las libertades individuales, ni por la separación de poderes (un tanto quimérica) ni por la articulación constitucional del estado; simplemente contra la brutalidad de un invasor que, en una toma militar del poder, socava y conculca el ordenamiento jurídico de la nación española, por la fuerza bruta (aunque con la complicidad del rey y de la Corte), imponiendo, a la brava, su voluntad contra los deseos del pueblo español.

Fue, ni más ni menos, eso: una lucha --en buena medida espontánea-- de protesta contra esa opresión brutal, contra una toma militar del poder por un invasor extranjero.

El discurso --habiendo omitido hablar de la insurrección del pueblo de Madrid, habiendo silenciado el papel de Carlos IV, Fernando VII y demás príncipes e infantes, y no conteniendo ni una sola ocurrencia de palabras como «imperio», «imperial», «imperialismo» etc-- va a terminar con estas afirmaciones: «Esta jornada de recuerdo y homenaje, que cobra hoy una nueva dimensión en el espacio europeo de paz, integración y solidaridad al que pertenecemos, nos permite asimismo constatar con orgullo la realidad de la [...] España moderna [...] que asegura nuestra preciada Constitución».

Es curioso que la jornada de insurrección del pueblo español contra los invasores europeos cobre una nueva dimensión en ese presunto «espacio europeo de paz» (¿paz? ¿O más bien guerra contra Serbia y Afganistán, junto con varias aventuras militares contra diversos pueblos afroasiáticos?). Porque los invasores eran, desde luego, franceses, militares franceses, pero auxiliados por alemanes, polacos, italianos, holandeses. A Europa no tenemos nada que agradecerle; ¡todo lo contrario!

Si la Constitución del 29 de diciembre de 1978 es preciada o no lo discutiré en otra ocasión.